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jueves, 10 de octubre de 2013



Cinco minutos tras un fondo sin movimientos, los autos avanzan entre silencios, la batería del celular me abandona y entrega a mis pensamientos, los segundos avanzan, las sombras danzan cada vez más largas, señalan un porvenir tortuoso e inacabable, ¿Qué demonios es lo que me pasa? Los arboles aplauden una escena demorosa, ya van siete minutos y el recorrido aún no se asoma por aquella calle, la gente camina cerca de mí, el sonido de pasos apurados me hacen dar cuenta del por qué prefiero desconectarme, una mente en blanco te hace deambular en la realidad, te entrega el tiempo suficiente para darte cuenta de tu existencia, por favor concéntrate, explica esto, en que momento apreté tanto mis puños, mis tendones se sienten un poco dañados, no logro dominarme, levanta la mirada, levántala cual orgullos pasados lo han hecho antes,  deja el concreto de lado, hay panoramas mejores al tu alrededor, todo al parecer iba bien, siempre es lo mismo, cada vez que siento que lograré algo bueno, algo en mi desiste, mis labios están cansados de ser mordidos por los nervios del darme cuenta, al pararme al borde, ahí es cuando dé a gritos se hace presente mi mente, “no eres lo suficiente bueno para esto, baja la cabeza, tu orgullo ya no existe, tan solo sigue caminando, en blanco por el sendero a tu habitación, bebe un café y duerme, tan sólo duerme, ahorra al mundo fastidiar con tu presencia”. Admiro aquella obra improvisada, los juegos de las luces de los automóviles entre mis cortinas me distraen un poco, me distraen al vacío, desaparezco, pero no el tiempo suficiente, si fuese tan rápido esto no alcanzaría a ser entretenido, ahí es cuando la luz del sol toma su rol más importante, me da el paso para levantarme de nuevo, de pie al suelo, entre llamas de una lluvia pesada y taciturna, el celular me espera, la música ahoga mi realismo frente al porvenir, la lagrimas ya fueron secadas, un café negro me recibe, es hora de corroer un poco más la mente.

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