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jueves, 10 de octubre de 2013






La habitación se encontraba desolada, unas cuantas marcas de tazas en la mesa de madera señalaban que no había estado solo, tambaleaba entre puertas y cuadros, patio sus prendas frente al espejo, los cigarrillos seguían sobre las baldosas del suelo, una botella de vodka le esperó al paso y despejó su garganta con ella, los rasguños aun palpitaban en su espalda, la vista le sentía cansada, maldijo entre dientes a aquellos rayos de luz tenue que se filtran por el marco de las ventanas, “acá” escucho entre el rebote de las paredes, cual viejo marino se deleitó por la voz gastada de una sirena, avanzo y bebió otro sorbo del licor, le entregaba una felicidad suficiente, avanzó paso tras paso, el calor de aquella mañana le hacía brillar la piel, se agachó a duras penas y le dio el poder al cigarrillo para matarle, pero no lo suficiente para ceder, una bocanada de tabaco se impregno en sus pupilas, y movió la puerta con un movimiento lerdo y cuidadoso, una mueca se quiebro en su mejilla tras el sonido de la rechinante puerta, ingresó a la fría tina, la cerámica en contacto a su piel refresco su mente, tomó asiento y la abrazó mientras dormía, al mirarle se dio cuenta, ella lo observaba, sus tatuajes delineaban su tersa y menuda figura, los anillos tintinearon al tomar la botella, las pulseras se acomodaron y la tira de su bretel volvió a subir por su hombro, rescató el cigarro de sus labios y se los llevo a los suyos. Seguían mirándose, se habían ahogado, ya estaban perdidos, sin rumbo alguno.

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